Hace años un grupo de gente se reunió, como tantos otros días.
Pero ese día no solo hablaron de los temas habituales. Hablando sobre el futuro surgió una promesa, o más bien un pacto.
Si alguno de nosotros llega alto, realmente arriba. Tendrá la obligación de sacar a flote a los demás.
El otro día en el tejado (lugar de reunión habitual para charlas trascendentales) salió de nuevo el tema del futuro, y recordamos aquel pacto.
O más bien recordamos como de los suscriptores solo los dos presentes lo recordaban.
Yo precisamente no lo he olvidado. Fui yo quien lo propuso, y quien en ese momento tenía todas las papeletas para tener que tirar del carro.
Todo resulta más sencillo si eres responsable no solo de ti mismo, te permites un menor margen de error.
Pero pasa el tiempo y las cosas se estancan. Y la gran esperanza resulta ser el más estancado de todos. Y todo permanece igual.
Te planteas nuevos modos de conseguirlo, porque el fracaso no es una opción.
Hablas con ellos y sabes quienes son, los lees y los reconoces, te cruzas con ellos por la calle y su mirada los delata.
La gente que no quiere compasión, ni la lastima de los demás.
Y solo pueden aceptar la ayuda de sus iguales porque solo sus iguales comprenden que no es una ayuda, sino más bien una compensación de deuda histórica.
Estaría bien ser “el libertador y la voz de los oprimidos”. Pero primero hay que salir de las sombras.