Jueves, 03 de agosto de 2006
Muchas veces me preguntan por qué me esfuerzo tanto en según que cosas, por qué no descanso hasta que es realmente necesario, qué quiero conseguir con todo eso.
Hace un par de días leí un blog en el que establecían una relación entre el “síndrome del hermano perfecto” y el complejo de inferioridad en algunas personas.
Y me pareció que en parte se podía justificar lo que hago por algo parecido.
Veréis, muchos han sufrido a un hermano/primo/vecino perfecto. Alguien contra el que no podían competir y que se ganaba todas las alabanzas mientras que ellos tenían que aguantar las comparaciones.
Y le odiaban por ello.
Mi hermano siempre fue más rápido, más fuerte, tenía más fuerza de voluntad y sabía caer bien a la gente.
Nunca le odié. Yo era un inadaptado, me rendía con facilidad y las clases de gimnasia eran humillantes. Mi hermano era lo que yo quería ser, no un enemigo.
Tampoco es que estuviera desarmado. Razonaba muy por encima de la media de mi edad (igual que mi hermano).
Lo que nunca entendí era porque debido a eso se me exigía más que a los demás para obtener los mismos resultados. Decían que no sería justo con los demás.
Nunca supe porque no era justo que en las carreras no me dejaran salir unos segundos antes que a los demás. No para no llegar el ultimo, sino para que el anteúltimo no me sacara tanta ventaja.
Seguí esforzándome. Acostumbrado a no recibir ayuda cuando tenía el handicap en contra y a que mis esfuerzos valieran la mitad cuando tenía ventaja.
Pero cuando tenía unos 10 años escuche por casualidad una conversación que no debería haber escuchado. En la que mi padre explicaba porque mi hermano había tenido consola, bicicleta, le llevaba a ver el fútbol y esa clase de cosas y yo no.
La respuesta fue tan simple como que mi hermano había disfrutado de esos lujos y se había “echado a perder”, y que yo no los tendría.
Tócate los huevos. Castigado de por vida por algo que había hecho mi hermano mayor cuando yo ni siquiera había entrado en el colegio. Realmente me encantó aquello.
Pero me enseñó dos cosas.
La primera a no confiar en el criterio de los demás ni intentar complacerles. Al fin y al cabo eran personas como yo capaces de equivocarse.
Seguí desde entonces mis propias metas y yo juzgaba si lo estaba haciendo bien o mal. Las opiniones de los demás eran eso, solo opiniones.
La segunda. Que no todo es tan justo como para que recojas lo que siembres. Pueden robarte tu trabajo o castigarte por algo que ni siquiera has hecho.
Así que siempre he tenido una cosa muy clara. Debo esforzarme tanto, lograr tanta ventaja sobre los demás que sea imposible que no me den lo que es mío.
Y soy una persona ambiciosa, no quiero no voy a resignarme a vivir por siempre así.
Por eso no descanso.
Por: Rufus Stunt Bum | Personal | Comentarios (2) | Referencias (0)